El pasado viernes 28 de febrero, durante la 45ª Entrega de los Césares, otorgados por la Academia del Cine Francés, el director Roman Polanski fue laureado con el premio al mejor director, hecho que desató una ola de críticas de colectivos feministas y personalidades del medio del arte y de la cultura. Muchos incluso decidieron marcharse de la ceremonia tras el anuncio.

Una de ellas fue Adèle Haenel, una de las jóvenes actrices más prominentes de Francia, quien fuera víctima de abuso sexual entre los 12 y los 15 años y quien se ha convertido en un símbolo y portavoz de esta nueva ola del movimiento #MeToo en dicho país. Ella también gritó “Bravo a la pedofilia” al momento de abandonar la sala. Haenel ya había expresado su molestia durante una entrevista con el New York Times, cuando aseguró que “premiar a Polanski equivalía a escupirles en la cara a las víctimas”, y que mandaba el mensaje de que “violar a una mujer no es algo tan malo”.

Por su parte, Franck Riester, Ministro de Cultura francés, aseguró el sábado pasado que al “celebrar” a Roman Polanski “se enviaba un mal mensaje a la población, a las mujeres, a aquellas y aquellos que luchan contra las violencias sexuales y sexistas”, y agregó que el principal conflicto con la entrega de este premio consistía en que “no estamos solamente celebrando una obra, también celebramos al hombre».

En 1977, Roman Polanski fue acusado de drogar y violar a Samantha Geimer, de tan sólo 13 años. Polanski se declaró culpable de «violación estatutaria» (tener sexo consensual con alguien de menos de 18 años), el cargo menos grave al que se enfrentaba, y cumplió una condena de 48 días de prisión, y fue liberado por buena conducta. Sin embargo, el juez a cargo del caso reconsideró la sentencia, pensando que éste debía cumplir con al menos 90 días de cárcel. Polanski decidió darse a la fuga, viajando primero a Londres y de ahí a París.

Desde entonces, han salido a la luz otros cinco casos de agresiones sexuales por parte del cineasta: la segunda mujer en denunciarlo fue la británica Charlotte Lewis en el año 2010, quien declaró que Polanski abusó sexualmente de ella «de la peor manera posible» en 1983, cuando tenía 16 años y trabajaba en su película Pirates. Tras la acusación, la actriz se enfrentó al escarnio público en Francia, Inglaterra y el mundo entero, se le acusó de mentir y de sólo buscar publicidad. Esto, por supuesto, fue varios años antes del escándalo Harvey Weinstein y el subsecuente movimiento #MeToo.

Siete años más tarde, nuevas denuncias surgieron: en agosto de 2017, bajo el seudónimo de Robin M., una tercera mujer acusó a Polanski de haberla violado cuando tenía 16 años y señaló que estaba dispuesta a testificar en la corte en caso de que Polanski fuera extraditado a los Estados Unidos. Un mes más tarde, en septiembre de 2017, vendría la cuarta acusación contra Polanski: la ex actriz Renate Langer presentó una denuncia ante la policía francesa, alegando que Polanski la violó dos veces en el año 1972, a la edad de 15 años. La quinta acusación vendría en octubre de 2017: la artista californiana Marianna Barnard, en entrevista con The Sun, aseguró que en 1975, cuando tenía 10 años, Polanski la llevó a una playa desierta para una sesión de fotos, donde le pidió que se quitara la ropa mientras la fotografiaba, y luego la agredió sexualmente.

La acusación más reciente contra Polanski viene de la fotógrafa francesa Valentine Monnier, quien el 8 de noviembre de 2019, cinco días antes de la premier de J’accuse (El acusado y el espía), publicó su testimonio sobre un suceso de 1975 para el periódico Le Parisien: “fue de una violencia extrema, después de un descenso de esquí a su chalet en Gstaad. Me golpeó hasta que me rendí, luego me violó. Acababa de cumplir 18 años y acababa de tener mi primera relación tan sólo unos meses antes. Pensé que moriría”. Cuando se le cuestionó sobre por qué esperó 44 años para hablar, Monnier explicó que J’accuse fue la gota que derramó el vaso, pues vivió como una afrenta personal que el cineasta intentara posicionarse como víctima de un error judicial, haciendo un paralelismo entre su experiencia personal y la de Alfred Dreyfus.

Meses después, tras 12 nominaciones en los premios César y 3 preseas, Polanski se encuentra en el centro de un debate que ha dividido a la opinión pública francesa y del mundo: ¿es posible separar al hombre del artista? ¿O debe someterse su vida privada al escrutinio público, particularmente en caso de denuncias por agresión? Polanski es visto en efecto como un “intocable”, emblema de una cultura patriarcal de abuso que silencia a sus víctimas. Esto, en un país en el que 1 de cada 10 mujeres se declara víctima de violación, de acuerdo con un estudio reciente realizado por la Fundación Jean Jaures.

La crítica más virulenta contra Polanski y la Academia del Cine Francés fue probablemente la de la escritora feminista Virginie Despentes en un artículo de opinión para el periódico Libération: “No es sorprendente que la Academia haya elegido a Roman Polanski como Mejor Director del Año 2020. Es grotesco, es insultante, es vergonzoso, pero no es sorprendente. […] Los poderosos aman a los violadores. Bueno, a los que se parecen a ellos, a los que también son poderosos. […] Podrán repetirnos en todas sus posibles versiones la estupidez de la separación entre “el hombre y el artista”: las víctimas de violación a manos de artistas saben que no hay una división milagrosa entre el cuerpo violado y el cuerpo creador”.

Para la socióloga francesa Iris Brey, el principio de separar entre “el hombre y el artista” es típicamente francés. Sin embargo, esta separación «sólo está reservada para los hombres. Cuando se trata de una mujer artista, siempre hablamos de lo privado». Es este culto al artiste el que ha obstaculizado, de acuerdo con diversos expertos, que el movimiento #MeToo cobre la misma fuerza en el país galo que en Estados Unidos o Gran Bretaña. La cómica Blanche Gardin se burló de esa excepcionalidad en una reciente ceremonia de premiación: “¿No es extraño que esta condescendencia sólo se aplique a los artistas? Nadie dice de un panadero: claro, viola niños… ¡pero qué baguettes tan extraordinarias hornea!».

El debate también ha creado una ruptura radical entre las actrices francesas mayores y las más jóvenes: mientras que Fanny Ardant o Brigitte Bardot tuitearon su apoyo al cineasta polaco tras su victoria en los Premios César, esta última argumentando que: «lo juzga por su talento y no por su vida privada»; la ola más joven de actrices considera que es tiempo de que Polanski responda por sus acciones. El cambio de mentalidad parece avanzar a paso lento, pero seguro. A finales de enero, tras ser anunciadas las nominaciones, 400 figuras prominentes de la industria cinematográfica francesa, incluyendo a Léa Seydoux y Michel Hazanavicius, condenaron la decisión de reconocer a Polanski y exigieron una renovación total de la organización, que ha sido criticada por su falta de transparencia e inclusión. Unos días antes de la ceremonia, los 21 miembros del consejo directivo de la organización anunciaron su renuncia. Todavía no se definen los pasos a tomar para reemplazar al consejo, pero la medida ya ha tranquilizado muchos dentro de la industria cinematográfica francesa. «Su renuncia nos dará la oportunidad de reescribir el estatus de los Césares, que parecen estar completamente desactualizados», señaló la actriz Marina Foïs al programa de radio France Info. «Lo que queremos es más democracia, más transparencia, diversidad y paridad… estas exigencias tienen ya mucho tiempo», finalizó.

 

Con información de: Le Monde, Huffington Post, New York Times, Vox, Le Nouvel Observateur, Vanity Fair, Vogue UK y Liberation.