Las cifras hablan por sí mismas: la industria de la moda es una de las más contaminantes del mundo. Naciones Unidas ha señalado que es responsable del 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero, consumiendo más energía que la industria aeronáutica y la naviera combinadas, además de generar 20% del consumo de agua a nivel global.

Tan solo en los Estados Unidos, de acuerdo con la Agencia de Protección Ambiental de dicho país, 12.7 millones de toneladas de desechos textiles se envían a rellenos sanitarios cada año, lo que significa que cada estadounidense tira en promedio 31.75 kilos de ropa anualmente. Si no se genera un cambio, para el año 2050 la industria de la moda emitirá por sí sola 25% del carbono con base en los límites establecidos por el Acuerdo de París.

Por otra parte, incidentes como el de Rana Plaza en Bangladesh (donde murieron más de 1,000 personas) han exhibido el costo humano del “fast fashion”: los millones de trabajadores textiles  obligados a trabajar largas horas en condiciones terribles y por salarios irrisorios.

Ante esta problemática han surgido campañas como la de Greenpeace, que exhorta a la industria textil a erradicar el uso de productos químicos tóxicos; movimientos como “Fashion Revolution”, que abogan por una moda ética y sustentable; y más recientemente el fenómeno de Greta Thunberg, quien ha hecho temblar al sector de la moda al impulsar entre la juventud sueca y del planeta la tendencia «köpskam» o “vergüenza de comprar”, un movimiento que promueve el uso de prendas de segunda mano para no contribuir al calentamiento global.

Hoy en día, la sostenibilidad es mucho más que una tendencia pasajera. Un informe reciente del sitio de e-commerce Lyst mostró que las búsquedas en línea de términos relacionados a la moda sostenible han aumentado en un 66% con respecto a 2018, y es de especial interés para los millennials, la Generación Z y la Generación X. Para los gigantes de la moda es cada vez más complicado atraer a consumidores jóvenes, quienes cuentan con un mayor nivel de conciencia ambiental, lo que explica su declive financiero: este año Topshop ha cerrado todas sus tiendas en EUA; ASOS ha reportado una caída del 87% en sus ganancias; mientras que Forever 21 ha tomado medidas para evitar la bancarrota completa. Al mismo tiempo, de acuerdo con un reporte basado en cifras de la tienda online ThredUp y la firma de consultoría analítica Global Data, las ventas de ropa usada en 2018 alcanzaron los 24 mil millones de dólares, no tan lejos de los retailers de fast fashion, que generaron 35 mil millones de dólares.

H&M, la principal empresa del sector en Suecia, ya teme las consecuencias del movimiento ambientalista en su negocio. El consejero delegado del gigante de la moda, Karl-Johan Persson, ha mostrado reticencia ante el interés creciente de los jóvenes por el consumo responsable. Si bienPersson ha admitido que el cambio climático es una gran amenaza que políticos, empresas e individuos debemos tomar en serio, también considera que “la eliminación de la pobreza es un objetivo al menos igual de importante». El directivo ha argumentado que en lugar de dejar de comprar, se debe apostar por la innovación ambiental, las energías renovables y los materiales mejorados. La marca pretende ser carbono neutral en 2040 y usar cada vez más materiales reciclables, y ya ofrece puntos de recolección de ropa vieja en sus tiendas, que sus clientes pueden intercambiar por bonos de descuento.

Por su parte, Inditex, la principal empresa textil española,  anunció el pasado mes de julio –en reacción a las críticas sobre su falta de iniciativas sustentables– un plan de sustentabilidad para sus ocho marcas (entre ellas Zara, Massimo Dutti y Bershka). Este plan incluye compromisos como utilizar únicamente algodón, lino y poliéster orgánicos, sostenibles o reciclados para 2025; que 80% de la energía consumida por sus centros de distribución, oficinas y tiendas provenga de fuentes renovables también para 2025; así como la transición a cero residuos en vertederos, eliminando los plásticos de un solo uso de todas las ventas para 2023.

La industria del fast fashion es fundamentalmente problemática, ya que su rentabilidad se basa en la creación de nuevas tendencias y colecciones para vender el mayor número de prendas posible, lo que inevitablemente genera excedentes que no pueden ser ni vendidos ni reciclados. Si bien las nuevas tecnologías en materiales, técnicas y procesos en la industria de la moda no son desdeñables, los expertos ambientales  coinciden en que este modelo nunca podrá ser sostenible, sin importar los textiles que se usen.

Pero entonces, ¿cuál es la recomendación de los especialistas? Si bien es evidente que la industria de la moda debe asumir su parte de responsabilidad y aportar soluciones reales, es igual de importante que el consumidor sea consciente de la cantidad de ropa que compra y desecha. Esto significa conservar nuestra ropa en uso el mayor tiempo posible y reducir la cantidad de piezas nuevas que adquirimos. Tomarnos un momento para respirar cada vez que nos sentimos tentados por la última moda o rebaja, y hacernos algunas preguntas: ¿Realmente necesito esto?, ¿Me hará realmente feliz? y ¿De qué manera impactarán mis compras al planeta?

Con información de Naciones Unidas, Agencia de Protección Ambiental, Teen Voguey Economía Digital.