Por: Ana Gaby González

Un día como hoy, pero en 1975, se creó la Carta de Belgrado, el primer documento internacional que concibió a la Educación Ambiental (EA) como una herramienta crucial para lograr el equilibrio entre la actividad humana y el medio ambiente. Además, estableció los ejes y objetivos básicos para guiar la elaboración de políticas educativas que nos permitan asumir una nueva ética global donde el desarrollo sostenible es prioritario.¹

Hoy, 46 años después, vale la pena continuar esta discusión porque –a pesar de haber vivido los estragos del deterioro ambiental desde hace tiempo– hasta el año 2011, solamente 7% de los mexicanos reconocían saber “mucho” sobre el cambio climático, mientras la mayoría dijo saber “poco” (76%) o “nada” (16%) sobre este fenómeno.² Por lo tanto, más que un tema del currículum escolar, la EA debe entenderse como un proceso permanente y continuo, que posibilita adquirir conciencia, individual y colectiva, sobre la preservación del ambiente en el que vivimos, así como de las diferentes realidades que afectan la vida de las personas. Esta perspectiva es más relevante al considerar que personas más conscientes de sus derechos ambientales y de las desigualdades sociales demandarán de sus gobiernos políticas diferentes, por ejemplo, las necesidades que surgen a partir de un mayor uso de la bicicleta en sustitución de los trayectos en automóvil.

Sin duda, la planeación de muchos espacios urbanos en México refleja la poca prioridad que tuvo la creación de ciudades sostenibles en el pasado y el papel secundario de la EA en nuestro país. Pensemos en que 15 de las 20 ciudades más importantes de México no registraron inversión en transporte público en el 2015³; o que las personas con mejor posición socioeconómica tienen más acceso a espacios públicos por metro cuadrado que sus contrapartes más vulnerables. Está demostrado además que los efectos del cambio climático –ya sea fenómenos naturales como huracanes, sequías, incendios e inundaciones; o enfermedades relacionadas al agua contaminada– afectan desproporcionadamente a las mujeres, quienes suelen realizar las actividades de cuidado, las cuales les restan tiempo para su educación o para generar ingresos propios. El cambio climático afecta a todos, pero más fuertemente a mujeres y niñas, haciéndolas más propensas a una situación de vulnerabilidad y pobreza.

Más aún, pensemos en los beneficios que perdemos al no contar en nuestras ciudades con al menos un pulmón central (como Chapultepec en la CDMX, Los Colomos en Guadalajara o el Parque Papagayo en Acapulco). Si consideramos que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 7 millones de personas mueren cada año por la contaminación del aire, espacios como estos deberían ser una prioridad del desarrollo urbano sustentable. Preservar y conservar áreas naturales no urbanizadas en las grandes ciudades es clave para mantener el equilibrio entre los asentamientos humanos, los medios de movilidad y los recursos naturales. En la Ciudad de México por ejemplo, más de la mitad del territorio es zona de conservación, bosques, montañas, lagos, ríos y nacimientos de agua. Gracias a estos oasis naturales, se mantiene la temperatura de la Ciudad, se recargan los mantos acuíferos y se purifica el aire que respiramos. La educación ambiental debe ser vista como una herramienta para nuestra supervivencia y desarrollo humano integral. Es un tema no solamente ambiental, sino de salud pública, de seguridad alimentaria, de justicia de género y de bienestar.

Sin embargo, no todo está perdido. La creación de ciudades sustentables, donde todos sus habitantes gocen de una vida digna y lleven a cabo sus actividades productivas sin perjudicar el medio ambiente, ha emergido como un elemento central en la agenda pública de varios países. Se trata también del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 11 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y para lograr esta realidad en México es necesario reivindicar el papel de la EA, y pugnar por más y mejores políticas responsables con nuestro entorno. A este respecto, además de considerar la importancia de las áreas urbanas en términos demográficos, es necesario concebir a las ciudades como espacios donde se manifiestan distintas lógicas de poder que inciden en la vida de sus habitantes. Así, las ciudades que fueron construidas para los coches, los hombres y los menos vulnerables serán parte del pasado. Las ciudades sostenibles son una oportunidad para generar mayor bienestar inclusivo y compartido: a mejor ciudad, mejor calidad de vida.

A largo plazo, es mucho más costosa una política urbana no sostenible ni sustentable que avanzar hacia la construcción de ciudades resilientes, incluyentes y ambientalmente equilibradas. Tengo la convicción de que preparar a las personas del futuro requiere una educación que les permita hacer conciencia para hacer frente a estos grandes retos. Esto, por supuesto, implica situar a la educación ambiental donde le corresponde: como un pilar fundamental de los procesos de formación de los ciudadanos desde la niñez hasta que que se convierten en tomadores de decisiones.

 

¹ Entendiendo a éste como el espacio natural y el creado por intervención humana, en su dimensión ecológica, cultural, económica, política, tecnológica, social y estético.

² Reconocen saber poco sobre el cambio climático, Parametría. Investigación estratégica, análisis de opinión y mercado: http://www.parametria.com.mx/carta_parametrica.php?cp=4663.

³ Instituto Mexicano para la Competitividad (2019). Índice de Movilidad Urbana : https://imco.org.mx/indice-movilidad-urbana-2018-barrios-mejor-conectados-ciudades-mas-equitativas/.