Por: Raúl Rodríguez Rodríguez

Una de las grandes paradojas de hacer labor social es que el mayor beneficio de ayudar a otros, lo obtiene el propio voluntario. El simple hecho de desprenderse de algo de su tiempo personal, para ayudar a otros en su desamparo, coadyuva a disminuir el egocentrismo y todas las distorsiones que éste impone al individuo, no solo en términos emocionales sino incluso físicos, espirituales y hasta mentales.

Contactar con la humildad, con el autoconocimiento, con la compasión, poner en perspectiva el dolor propio, al conocer el dolor ajeno, constituye una revolución para cualquier individuo. Al menos esa es mi experiencia personal tras varios años de labor altruista con enfermos terminales, reclusos, gente en situación de calle y ancianos abandonados.

Fue tan vasta y profunda la experiencia, que decidí escribir una crónica novelada, donde mi intención es plasmar la manera en que personas desesperadas, rotas, vencidas por las circunstancias de su vida, lograron renacer. Son los que algunos denominan como «los nacidos dos veces».

Esas experiencias las reuní en el libro «El infierno en 12 pasos» (Editorial Cangrejo, 2020). Es una novela negra que habla de suicidio, prostitución, adicciones, incesto, violencia, delitos, aislamiento, pero también describe la inconmensurable capacidad de todo ser humano para volver a dejar en blanco el lienzo de su vida, y colorearlo de mejor manera.

Muchos de los personajes que decidí incluir en la trama, todos ellos reales, siguieron caminando hacia el despeñadero hasta sucumbir, pero otros han dirigido sus pasos hacia la luz y esa es la parte rescatable de este viaje que hice por entre la oscuridad. Mi recorrido por las entretelas de la condición humana me dejaron en claro que siempre es posible decidir; no existen destinos inevitables.

Todo se resume en una idea: aprender a convertir tu soledad en solitud. La soledad es sentirte vacío aún rodeado de gente, asumir que no perteneces al mundo. Solitud, en cambio, es aprender a estar contigo, acompañarte, escucharte, ponerte en el centro de tu propia vida; lo que los budistas denominan fomentar el desapego y el estado de contento, donde la paz emana de uno mismo y no del entorno.

En mi libro se narran, entre otras, las vidas descoyuntadas de una prostituta, un homosexual contagiado de VIH que se dedicó por muchos años a contagiar a diversas parejas sexuales, una modelo que acabó en el psiquiátrico al quedar desfigurada de la cara, reclusos que purgan sentencia en Santa Marta Acatitla, un psicópata, una muchacha de sociedad que fue violada en Garibaldi, un monje budista y un reportero que va persiguiendo la verdad a lo largo de la trama.

También se entrelazan experiencias del ejército de voluntarios que en diversas instituciones conocí. Diría, para finalizar, que hacer introspección, fomentar el autoconocimiento y el amor propio, fueron la diferencia entre unos y otros.