Por: Emiliano Detta, Coordinador de Sector Energía en KfW, Banco Alemán de Desarrollo

Como muchos de ustedes, llevamos en casa múltiples meses de encierro. Este tiempo personalmente me ha servido para mirar hacia adentro. Sé que no soy el único. Mis pensamientos se han centrado en lo que siempre me ha apasionado. Esa obsesión con lograr un balance entre nuestro desarrollo económico, social, comunitario y ambiental.

No me defino como ambientalista… simplemente creo que tenemos que expandir nuestra conciencia. Si expandimos nuestra visión podemos darnos cuenta que más del 50% de la tierra habitable en el planeta está siendo ocupada para satisfacer nuestras necesidades. Estamos destruyendo nuestro capital natural a niveles alarmantes. Nuestra intervención ha ocasionado la destrucción del 80% de los bosques. Esto lo hemos hecho en gran medida para sostener una alimentación basada en productos de origen animal.

Hemos perdido un tercio de la tierra cultivable en los últimos cuarenta años a causa del monocultivo y el uso intensivo de fertilizantes artificiales y pesticidas. Más del 80% de nuestra energía proviene de fuentes fósiles y el consumo energético aumenta de manera exponencial a pesar de todos nuestros esfuerzos por su disminución. Esto se traduce también en un crecimiento de las emisiones de gases de efecto invernadero que han llegado a niveles no vistos desde hace cientos de miles de años y que están cambiando nuestro clima de manera constante.

Esto significa que estamos viviendo al límite de las capacidades del planeta. Sin embargo, seguimos pensando que podemos desarrollarnos igual que antes. El crecimiento del PIB parece que es el único indicador que nos importa cuando vemos las noticias. El PIB no mide el tiempo que nuestras madres dedicaron en nuestra educación. Tampoco mide nuestros lazos afectuosos con otras personas. Desafortunadamente tampoco mide la riqueza de nuestro capital natural. Estas son “externalidades” en nuestro modelo económico actual.

Cuando hablo de esto con algunas personas es común escuchar que no debemos preocuparnos. Que la tecnología nos va a salvar de estos problemas. Yo no estoy tan seguro. La tecnología es una herramienta que nos ayuda, pero no es la solución completa. Personalmente llevo más de 15 años trabajando en eficiencia energética y no he visto ninguna reducción de nuestro consumo. Es más, como lo demuestra el reciente desarrollo de plataformas como Facebook o Google, la tecnología puede agudizar nuestros problemas en lugar de ayudar a resolverlos.

Es un hecho que tenemos que cambiar para adaptarnos a esta nueva normalidad. Sin embargo, aquí no solo hablo de nuestros problemas inmediatos, que son un síntoma, sino más bien del problema de sustentabilidad, que es la enfermedad. Todo depende de la magnitud y amplitud de nuestra conciencia y nuestra capacidad política para girar el timón en la dirección correcta.

Es claro que tenemos que redefinir los parámetros con los que medimos el progreso. También hay muchas cosas que podemos cambiar hoy en beneficio de los que vendrán mañana. Como sociedad, tenemos claramente que reducir nuestro consumo de ciertos productos de origen animal en beneficio de nuestra salud y del planeta. Tenemos que cambiar el uso que le damos a la tierra y cambiar nuestras prácticas de cultivo. Hay que proteger nuestros bosques e incluso generar nuevos. Finalmente, tenemos que producir nuestra energía mediante fuentes renovables. La energía solar es hoy más barata que la convencional y su costo va a seguir bajando. Con esto podemos transformar de manera costo-efectiva toda nuestra matriz energética, incluyendo las cadenas de valor industrial y el transporte.

Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo. Los invito a que juntos cambiemos al mundo antes de que sea demasiado tarde.